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Mendieta

Mendieta
@mendieta
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Soñar

En el 2003 hacía ya varios años que Roberto no soñaba. Su último sueño, cuando tuvo que abandonar la secundaria, había sido el tener una motito. Una de esas comunes, con motor de 100 o 150 que estaban expuestas en la concesionaria de la entrada, llegando por la ruta vieja. Y Roberto ya no soñaba porque, entre otras cosas, dormía poco y mal. Como no tenía laburo y en su casa, desde que al viejo lo habían rajado del taller mecánico, el clima no era el mejor, se iba todas las noches con los pibes a tomar birra, charlar y pegar faso de vez en cuando en la placita atrás de las vías. Ahí a veces tiraba la idea de irse del pueblo a Europa, como se habían ido Walter, Pipi y Anita. Ellos sabían, por sus viejos, que allá les iba más o menos bien. O por lo menos pensaba en pirar para Buenos Aires, como casi todos los demás. Que se habían ido yendo de a poco. Al principio se habían ido en tren, pero después hasta el tren se fue. Claro: eso de irse no era ni siquiera un plan, así que mucho menos podía ser un sueño pulenta, como el de la motito. Roberto no quería irse del pueblo: quería una moto.



De eso se acuerda ahora Roberto todos los domingos a la mañana, cuando le hace una limpieza profunda, detallista, una limpieza que empieza por el manillar y termina con la silicona que le pasa a las cubiertas. Se acuerda que hace ocho años, nada más que ocho años, ni soñaba que una mañana iba a empezar a laburar en el frigorífico nuevo -sueldo básico, pibe, que no tenés ni puta idea de esto, ¿estamos?, le dijo el capataz, Roque- y que otra tarde en el descampado de la esquina se iba a cruzar con Vero, que cortaba el pasto con sus compañeros de la Cooperativa de trabajo y que le iba a sonreír. A la semana fueron, Roberto y Vero, a bailar. Y al mes se mudaron juntos.

Qué iba a soñar Roberto, hace ocho años, que la Vero se le a plantaría fiero con querer casarse al enterarse que estaba embarazada: yo te quiero mucho, negrito, pero me firmás los papeles que viene un pibito, le decía Vero mientras tomaban mates antes de ir a laburar. No sólo le decía eso, la Vero se había puesto brava desde que andaba en la cooperativa, así que también le decía a Roberto que terminara la secundaria como había hecho ella o lo sacaba a patadas en el culo por vago.

Ni idea tenía Roberto de que unos meses después de eso iba a ser papá de Morena –se va a llamar así, se plantó la Vero, porque lo vi en la novela, me gusta y se acabó- y que un año más tarde Morena le iba a manchar el diploma del secundario con puré de zapallo.

En todas estas cosas piensa Roberto mientras limpia la motito. Los domingos, porque le gusta llevar a Morena a la escuela los lunes, antes de entrar al frigorífico –te ganaste un ascenso, pibe, le dijo Roque hace un par de años, va a entrar a laburar más gente y vos sabés cómo se hacen las cosas acá- y porque además le gusta que esté limpia para cuando la Vero se la lleva a su trabajo y sale a censar chicas atrás de las vías para armar una nueva cooperativa.

Roberto sonríe, mientras va secando con el trapo rejilla el tanque, recordando el cagazo que tenía la primera vez que se la prestó. Le faltaba garpar quince cuotas y tenía dudas, pero Vero le dijo: es de los dos, no te hagás el mimoso, que parece que querés más a la moto esa que a mí.

Así que Roberto, ahora, limpiando la moto, recuerda qué locos fueron sus últimos ocho años. Y qué rápido pasaron. Porque ahora a Roberto el tiempo le va mucho más rápido que antes, cuando se la pasaba en la placita con los pibes. Sin trabajo, sin presente, sin nada para hacer, sin futuro.

Pero en las mañanas de los domingos de 2011 Roberto sí sueña. Sueña despierto con que las cosas sigan bien, que el próximo gobierno no haga cagadas y sea más o menos como estos dos últimos y que haya trabajo. Que con la Vero están pensando que Morena necesita un hermano y que cuando sean cuatro van a tener que cambiar la moto por un autito.

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